Palabras de Leonardo Padura en la presentación de su último libro.

Leonardo Padura

Leonardo Padura presenta su nuevo libro La Memoria y el Olvido

Por estos días fue presentado en la sala Villena de la Unión Nacional de Escritores y  Artistas de Cuba (UNEAC), la más reciente publicación del reconocido escritor cubano Leonardo Padura.

Esta vez se trata del libro “La Memoria y el Olvido”, una selección de trabajos periodísticos escritos para la International Press Services (IPS), entre los años 2006 y 2011 (coincidiendo con el período de mandato presidencial de Raúl Castro), publicado con el auspicio de la Editorial Caminos del Centro Martin Luther King, la Oficina Cubana de IPS y la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación  (COSUDE), el cual será presentado también en la próxima edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana y además, una parte de la tirada será donada a bibliotecas y centros comunitarios de todo el país.

Presentación del nuevo Libro de Leonardo Padura

Presentación del nuevo Libro de Leonardo Padura en la Sala Villena de la UNEAC

Las palabras de presentación del libro estuvieron a cargo de Gerardo Arreola, corresponsal de La Jornada, quien ubicó a Leonardo dentro de las corrientes en que se mueve el periodismo en nuestros días, exaltando sus valores como escritor, el éxito de sus libros, especialmente su última novela “El hombre que amaba los perros”, que sigue incrementando las tiradas y el número de idiomas a que es traducida. Por eso, en una época en que algunos hablan de la muerte del periodismo, y las redes sociales aparecen como alternativas a las nuevas formas de informarse y comunicarse, agradeció a Padura, además de su buena literatura, el hecho de que se mantenga haciendo un buen periodismo.

Los dejo entonces con una transcripción de las palabras del autor en esta presentación.

Palabras de Leonardo Padura

Yo le pedí a los organizadores que, si era posible, vendiéramos el libro antes de la presentación para evitar la ansiedad de que “si cojo o no cojo”.  Ya los que cogieron cogieron y los que no cogieron no cogieron, y los que están de pie son los que me van a perdonar si hablo 15 minutos, pero creo que podemos o que debemos aprovechar la ocasión.

Por supuesto quiero ante todo agradecerles a todos los que están aquí esta tarde que han venido a comprar un libro de periodismo, no una novela. Espero que los que hoy “no cogieron cajita” tengan una segunda oportunidad, la Editorial Caminos, tal vez, pueda hacer algo en este sentido.

Quiero agradecer por supuesto a la Editorial, a COSUDE y muy especialmente a IPS la posibilidad de que este libro se haya concretado. Quiero también agradecer muchísimo a mi eterna editora cubana Vivian Lechuga, que está por ahí, el trabajo que hizo ayudándome a armar el volumen, que al final Vivian es en este libro la “malpagá” porque se colaron de una manera que es el misterio del mundo tres erratas, no una, tres erratas en un proceso mecánico en la contraportada y la memoria va a decir que fue la editora del libro, Vivian lechuga y Vivian Lechuga no fue la responsable, quiero decirlo para salvar la honra de mi querida “Vivi” que tanto me ayuda en estos trabajos.

José Ramón "Cheito" Vidal

José Ramón “Cheito” Vidal, de la Editorial Caminos del Centro Martin Luther King

Y quiero por supuesto agradecer la presencia en esta mesa de Rédula, el amigo Gerardo y el viejo amigo, no porque esté canoso y así como ustedes los ven, Cheito, que es culpable de algunas de estas cosas que están aquí, porque el fue uno de los directores del periódico Juventud Rebelde que a ese grupo de periodistas donde entre otros estaba estaba yo, y después se sumó otra gente que fueron participando, nos dio la posibilidad de hacer un periodismo distinto en una época que hoy miramos con tanta nostalgia como los años ochenta. Por supuesto después nos hemos dado cuenta de que era una época totalmente artificial, pero quedaron muchos productos reales de aquella época y el periódico Juventud Rebelde fue una de las plataformas en que se pudo hacer ese periodismo diferente que tratamos de hacer en aquellos días.

Este libro tiene un antecedente que es, ya se ha mencionado, una selección de las crónicas que fui publicando con la Agencia IPS entre 1995 y el 2005 que se llamó “Entre dos siglos”. La Agencia IPS, yo he tenido la gran fortuna de que me ha servido de plataforma para poder seguir siendo periodista, en un momento en el que realmente no tenía un espacio en la prensa cubana en el cual poder hacer el tipo de periodismo que a mi me interesaba hacer, ya no periodismo cultural, que siempre he podido hacerlo, he tenido “La Gaceta”, fui jefe de redacción, no he mantenido una colaboración estable con La Gaceta por distintas razones, pero bueno, con otras revistas en Cuba si lo he hecho, pero este periodismo que se refiere a la realidad que no es propiamente periodismo cultural, no hubiera podido tener una plataforma para hacerlo que no fuera esta, por eso agradezco mucho a la Agencia, a la Oficina Cubana y después a la Central en Roma, la posibilidad de poder hacer un trabajo que me interesa muchísimo hacer.

Este libro es ya de los últimos cinco años, que una parte de las crónicas han ido saliendo en este sitio que no por gusto se llama “La Esquina de Padura”. Se llama así porque estoy tratando de hacer un periodismo en el que un escritor se para en la esquina de un barrio a mirar y a tratar de entender la realidad. El escritor tiene una percepción de la realidad, pero cuando baja a la calle, cuando mira desde la altura de la calle, esa percepción se hace mucho más compleja, cuando empieza a compartir lo que piensan, lo que sienten, lo que viven las personas que pasan por la esquina de su casa, y más si es un barrio de La Habana como es Mantilla, donde nací, he vivido y sigo viviendo.

Por lo tanto es un tipo de periodismo que trata de entender y de preguntarse como se puede decodificar, como se puede entender, como se puede vivir en la realidad cubana y lamentablemente este periodismo no circula habitualmente en Cuba, por eso es muy importante para mi que este libro se haya publicado.

En los últimos años, a través de Internet, de los correos electrónicos, muchos de esos trabajos se reproducen. Hace como 2 años escribí uno sobre la generación escondida, que circuló muchísimo, y la gente me preguntaba, la gente lo leía, pero nunca ha tenido una plataforma específica hasta ahora que se publica en el libro.

Leonardo Padura

Leonardo Padura en la presentación de su libro La Memoria y el Olvido

En este periodismo hay una condición que es importante que ustedes conozcan antes de leerlo, y es que como son columnas, hechas para espacios específicos, sobre todo la columna que publico a través de la Central de Roma, que se distribuyen a periódicos de diferentes partes del mundo, estos periódicos exigen, porque es la ley del periodismo actual, no más de 70 líneas. Entender, digamos vamos a poner, a un lector bien cercano, a un lector italiano o un lector español, qué significa “conseguir”, es algo que uno tiene que explicarlo, porque el verbo “conseguir” no significa lo mismo fuera de Cuba que dentro de Cuba, por lo tanto las 70 líneas se convierten en un problema y cuando ustedes lean el trabajo, y yo explique de alguna manera muy brevemente que significa “conseguir”, van a decir: “bueno pero para qué Padura me dice esto”, bueno es que esto está escrito también para un lector que no es el lector cubano. Ese es uno de los problemas que tiene este periodismo.

Por eso, que se distribuya aquí en Cuba, que ustedes puedan leerlo, esto que decía Cheito, … yo no puedo decirle Vidal, porque me suena raro, desde la época que era el director del periódico era Cheito, y bueno no puedo decirle de otra manera, … Cheito ha dicho que va a ir a bibliotecas y centros comunitarios, en fin que va a tener esa posibilidad de extenderse. Creo que esto es muy importante.

Yo, para no hacer más extensa esta presentación, ya ustedes conocen la historia de mi trabajo periodístico, Gerardo ahi un poco la fue esbozando, quiero leer un texto del libro. Este texto es el único que no es una de las columnas hechas ni para Cuba, ni para Roma. Está como epílogo del libro y es un poco la expresión o quise que fuera la expresión de un sentimiento que tengo hacia el oficio periodístico o hacia la literatura y hacia algo que creo que es muy importante, y es la responsabilidad ciudadana que tiene el periodista. Aquí hay muchos periodistas, hay varios que fueron compañeros míos en la época de Juventud Rebelde, de los sobrevivientes del “Caimán…”, creo que no queda ninguno, porque Alex llegó al “Caimán…” después que yo me fui, pero coincidimos un espacio de tiempo en Juventud Rebelde.

Saben los periodistas que inevitablemente, este es un ejercicio…. bueno en primer lugar saben que esta es la profesión más peligrosa del mundo, mueren más periodistas al año que gente de otras profesiones que aparentemente son más peligrosas, pero creo que más que el peligro físico está el peligro ético. El periodismo a pesar de todos estos temas de las nuevas tecnologías, los problemas y las ventajas que ha traído la revolución rapidísima por la velocidad a que circula la información tiene un compromiso ético con la verdad.

La verdad es algo de una categoría muy compleja. Todos ustedes saben , por ejemplo en la época de Juventud Rebelde, no sé si Cheito se acuerde, yo publiqué una entrevista con un muerto. Estaba haciendo un trabajo en un pequeño pueblo del norte de Camaguey y cuando vi la historia me di cuenta que solo podía contarse desde la perspectiva de una persona, pero no había una persona que hubiera podido ver 130 años de historia. Desde donde único se pueden ver 130 años de historia es desde la tumba de un cementerio y entrevisté a un muerto para que contara la historia de ese pueblo.

Ahí yo forzaba la realidad, pero no contradecía la verdad, porque lo que yo contaba en esta crónica era la verdad sobre la historia de este pueblo, es decir que en el periodismo uno puede llegar a tomar estas licencias que habitualmente se consideran … pero hay otro compromiso ético, que creo que hoy en estos momentos más que nunca  el periodismo cubano está avocado a cumplir.

La realidad cubana se ha hecho muy diversa, muy compleja, muy estratificada, muy cambiante a pesar de que a veces nos parece que no ocurren cambios si están ocurriendo muchísimos cambios, por eso en una de estas crónica yo tengo que explicar que significa para un cubano un celular, en un país donde el teléfono siempre había sido un bien otorgado por el estado, por primera vez un cubano  si tiene dinero puede comprar un teléfono, eso es algo que el italiano mismo que no entiende “conseguir” tampoco puede entender y hay que explicárselo.

Y por eso digo que esa realidad tan diversa, exige del periodismo ese compromiso ético que lamentablemente muchas veces vemos, no necesariamente diciendo mentira, pero si ocultando verdades.

Aquí comenzó Padura la lectura del “sabroso” epilogo que es lo único nuevo en esta compilación, y una indudable obra maestra.

Padura lee el epílogo de su nuevo libro

Padura lee el epílogo de su nuevo libro

Epílogo

Yo quisiera ser Paul Auster

(Ser y estar de un escritor cubano)

Hay días en que yo quisiera ser Paul Auster. No es que me importe o me hubiera gustado demasiado haber nacido en Estados Unidos (ni siquiera en Nueva York, que, como se sabe, casi no es Estados Unidos), aunque pienso que sí me hubiera encantado, como Paul Auster, haber pasado unos años en Paris, justo en esos años de la vida en que para un escritor París puede ser una fiesta: la época en que la ciudad luz, como vulgarmente se le suele llamar, es el mejor lugar para un aprendiz de novelista. Y eso a pesar de sus cielos grises, su metro sucio, sus camareros agresivos, tópicos sobradamente compensados con sus maravillosos museos, edificios y croissants matinales.

Cuando pienso que yo quisiera ser Paul Auster es por razones que ni siquiera tienen que ver con los premios, la fama, el dinero. No niego, sin embargo, que me hubiera gustado, (muchísimo, la verdad), haber escrito La trilogía de Nueva York, Brooklin Follies, Smoke, por ejemplo. Pero yo desearía ser Paul Auster, sobre todo, para que cuando fuese entrevistado, los periodistas me preguntasen lo que los periodistas suelen preguntarle a los escritores como Paul Auster y que casi nunca me preguntan a mi –y no por la distancia sideral que me separa de Auster.

El caso es que es muy extraño  que a alguien como Paul Auster lo interrogue sobre los rumbos posibles de la economía norteamericana, o quieran saber por qué se quedó viviendo en su país durante los años horribles del gobierno de Bush Jr. – o si dejaría su país en caso de que subiera al poder Sarah Palin. Nadie insiste en preguntarle siempre , siempre qué opina de la cárcel de Guantánamo, ni si considera que las medidas económicas de Obama sean sinceras o justas, y muchísimo menos si él mismo o su obra están a favor o en contra del sistema. En una entrevista con el afortunado Paul que acabo de leer ni siquiera le preguntan sobre temas tan sensibles como la ardua vigilancia a la que han sido sometidos los ciudadanos norteamericanos como ganancia del 11-S, o del control de los individuos por el FBI (casi todo el mundo suele tener allí un expediente, aunque no tan voluminosos como el de Hemingway), por la agencia de de seguridad nacional, por el Departamento del Tesoro y por otras entidades controladoras, bancos incluidos, que saben desde el ADN hasta la marca de papel sanitario que usa una persona (según hemos aprendido viendo series como CSI o Without Trace).

Si yo fuera Paul Auster  y estuviera a favor o en contra de  Obama, o de Bush o de Palin, mi posición política apenas sería un elemento anecdótico, como la decisión de seguir viviendo en Brooklin o de poder largarme a Paris hasta que me harte de su cielo encapotado. Porque, sobre todo, podría hablar en entrevistas, como esa recién leída, de asuntos amables, agradables, incluso capaces de hacerme parecer inteligente, cosas de las que (creo) sé bastante: de beisbol, por ejemplo,  o de cine italiano, de cómo se construye un personaje en una ficción o de dónde saco mis historias y qué me propongo con ellas –estéticamente hablando- pero no siempre políticamente hablando…

Padura lee y habla a los presentes

Padura lee y habla a los presentes

Pero, ya lo saben, no me llamo Paul Auster y mi suerte es diferente. Apenas soy un escritor cubano, mucho menos dotado, que creció, estudio y aprendió a vivir en Cuba (por cierto, sin la menor oportunidad de soñar siquiera con irme una temporada a Paris –entre otras razones porque no hubiera podido irme a Paris, pues vivía en un país socialista en donde viajar- olvidemos por ahora el dinero) requería y requiere de autorizaciones oficiales. Un cubano que tenía que estudiar en Cuba y, cada año, pasar voluntariamente un par de meses cortando caña o recogiendo tabaco, como le correspondía a un germen de Hombre Nuevo, el cual se suponía yo debía desarrollar. Pero, sobre todo, porque como soy un escritor cubano que decidió, libre y personalmente, y a pesar de todos los pesares, seguir viviendo en Cuba, estoy condenado a diferencia de Paul Auster, a responder preguntas diferentes a las que suelen hacerle a él, preguntas que en mi caso, por demás, casi siempre son las mismas. O muy parecidas.

Cierto es que un escritor cubano con un mínimo sentido de su papel intelectual y, sobre todo, ciudadano, está obligado a tener algunas ideas sobre la sociedad, la economía, la política de la isla (y, si se atreve, a expresarlas). En Cuba las torres de marfil no existen –casi nunca han existido- y desde hace cincuenta años la política se vive como cotidianidad, como excepcionalidad, como Historia en construcción de la cual no es posible evadirse. Y tras la política marcha la trama económica y social que, como en pocos países, depende de la política que destila una misma fuente, aun cuando el liquido chorreante puede salir de la boca de diferentes leones que, al fin y al cabo, comparten un mismo estomago: el Estado, el gobierno, el partido, todos únicos y entrelazados. Por tal razón, la política, en Cuba, es como el oxígeno: se nos mete dentro sin que tengamos conciencia de que respiramos, y la mayoría de las acciones cotidianas, públicas, incluso las decisiones íntimas y personales, tienen por algún costado el cuño de la política.

Hay escritores cubanos que, desde un extremo al otro del diapasón de posibilidades ideológicas, han hecho de la política centro de sus obsesiones, medio de vida, proyección de intereses. La política les ha pasado de la respiración a la sangre y la han convertido en proyección espiritual. Unos acusando al régimen de todos los horrores posibles, otros exaltando las virtudes y bondades extraordinarias del sistema, ellos extraen de la política no solo materia literaria o periodística, sino incluso estilos de vida, status económicos mas o menos rentables, y especialmente, representatividad. Para ellos – y no los critico por su libre elección ideológica o ciudadana- la denuncia o la defensa política los define a veces incluso más que su obra artística y muchas veces las precede.

La sala Villena de la UNEAC se repletó de público

La sala Villena de la UNEAC se repletó de público

No está de más recordar que la compacta realidad politizada hasta los extremos que ha vivido Cuba en las últimas décadas no podía dejar de producir tales reacciones entre sus escritores y artistas. Y tampoco se debe olvidar que la proyección pública e intelectual detentada por muchos creadores ha dependido de esa coyuntura dominada por la política, la cual, parafraseando a Martí (tan político en buena parte de su literatura) les has funcionado como pedestal, más que como ara. Pero no menos memorable resulta el hecho de que ese escritor, por vivir o provenir de un contexto como el cubano, arrastra consigo, (quiéralo o no) la responsabilidad de tener unas opiniones políticas sobre su país (mientras más radicales y maniqueas, mejor) por la simple razón de que no tenerlas sería físicamente imposible e intelectualmente increíble. Solo que, obviamente, para algunos de ellos la política es una responsabilidad, como debería ser; para otros un modo de acercarse al calor y a la luz, y a veces hasta de poder llevar un látigo con el cual marcar las espaldas de los que no piensan como ellos.

A diferencia de Paul Auster, el escritor cubano de hoy –es mi caso, y de ahí mi envidia austeriana- empieza a definirse como escritor por el lugar en que resida: dentro o fuera de la isla. Tal ubicación geográfica se considera, de inmediato. Indicador de una filiación política cargada de causas y consecuencias, también políticas. Nadie –o casi nadie, para ser justos- lo acepta solo como un escritor, sino como representante de una opción política. Y sobre tal tema se le suele interrogar, en ocasiones con cierto morbo, y por lo general esperando escuchar las respuestas  que confirmen los criterios que el interrogador ya tiene en su mente (todo el mundo tiene una Cuba en la mente): la imagen del paraíso socialista o la estampa del infierno comunista.

La parte más dramática de no poder gozar de los privilegios  de hablar sobre literatura de que disfruta  alguien como Paul Auster llegan cuando el escritor, por la razón que fuere, decide vivir y escribir en Cuba. Tal opción, por personal que sea, lo ubica  de un lado de una frontera muy precisa. Y si por casualidad ese escritor expresa criterios propios, no cercanos e incluso lejanos de los oficialmente promovidos, ocurre una perversa  operación: sobre el caen las acusaciones, sospecha o cuando menos recelos de los talibanes de una u otra filiación. (Sobre este tema, como de beisbol, también se bastante. En mi espalda llevo marcas de varios tipos de látigos).

El lado más circense de este drama lo constituye la condición  de pitoniso, astrólogo o babalao que se espera tenga un escritor que, por ser cubano y solo para empezar, debe conocer de economía, sociología, religión, agronomía, etc., además, por supuesto, de ser experto en política. Pero, sobre todo, por tal condición de gurú  debe tener la capacidad de predecir el futuro y ofrecer datos exactos de cómo será, y fecha precisas de cuándo llegará ese porvenir posible.

Como debe suponer – o quizás hasta saber- quien haya leído los párrafos anteriores, además de no ser  Paul Auster, yo soy un escritor cubano que vive  en Cuba y, como ciudadano de la isla, en muchas ocasiones atravieso circunstancias similares a las del resto de mis compatriotas, comunes y corrientes (neurocirujanos, cibernéticos, maestros, choferes de guaguas y gente así), afincados en el país. Respecto a la mayoría de ellos (no lo niego) tengo privilegios que, espero, he tenido la fortuna de haber ganado con mi trabajo: publico en editoriales de varios países, vivo modesta pero suficientemente de mis derechos como escritor, viajo con más libertad que otros cubanos (sobre todo que los neurocirujanos), e incluso, gracias a un premio literario ganado en 1996, pude comprarme el auto que tengo desde 1997 y que tendré hasta sabe Dios cuando en este, mi país de prohibiciones…

Tengo además, vamos a ver, una casa que construí comprando y cargando cada ladrillo colocado en ella, una computadora que nadie me regaló e, incluso, acceso a internet (sin habérselo mendigado a nadie). Pero como muchos de esos cubanos con quienes comparto espacio debo “perseguir” ciertos bienes y servicios, buscar un “socio” para llegar más rápido a una solución (incluso sanitaria, tal vez con un amigo neurocirujano), ser “generoso” con algún funcionario para agilizar la realización de un trámite y, algún que otro día, debo cargar un par de cubos de agua extraídos de un pozo que cavó mi bisabuelo, pues el acu educto nos puede haber olvidado por varios días. Entre otras peripecias rocambolescas en las cuales no me imagino envuelto – a juzgar por las entrevistas que suelen hacerle- a un escritor como Paul Auster.

Lo curioso, sin embargo, es que aún cuando muchas veces quisiera transfigurarme en Paulo Auster, por el hecho de ser un escritor cubano ese deseo no me compete: la vida de mi país, lo que ocurre en mi país, mis opiniones sobre la sociedad en donde vivo no pueden serme lejanas. La realidad me obliga a lidiar con un tiempo, en el cual, como escritor, cargo una responsabilidad ciudadana y una parte de ella es (sin tener que por ello ser adivino, sin tener que alejarme de las gentes entre las que nací y crecí) dejar testimonio, siempre que sea posible, de arbitrariedades o injusticias cuando estas ocurra, y de pérdidas morales  que nos agreden como también hace Paul Auster cuando los periodistas lo abocan a tales tema: porque es un verdadero escritor y porque también el debe tener una conciencia ciudadana.

Mantilla, mayo de 2011.

Nota:

Leonardo Padura tuvo una notable y vigorosa carrera periodista en El Caimán Barbudo y Juventud Rebelde del 1983 al 1990, convietiéndose en una referencia del periodismo cultural cubano. Sus trabajos de esa época fueron recogidos en El viaje más largo, editado por la Editorial Unión de la UNEAC. Como editor de La Gaceta de Cuba  estuvo de 1990 a 1995, año en que comienza a dedicarse a la literatura. En ese mismo año comienza a colaborar con IPS, donde hoy tiene una columna llamada La Esquina de Padura. A partir de este trabajo se han publicado los libros “Entre dos siglos” y ahora este que se presenta.

En el año 1991 comenzó la trilogía de Mario Conde que le da a conocer como escritor. A partir del éxito generado por su literatura policiaca, ha logrado importantes reconocimientos en su obra literaria, en particular con La novela de mi vida (2002) y El hombre que amaba los perros (2009).

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3 respuestas a Palabras de Leonardo Padura en la presentación de su último libro.

  1. Es increible la cpasidad de este escritor lo conosco lo admiro yrespeto desde aqui las vegas en estados unido lo saludo y le digo sigue siendo padura y no paul auster te quiero mi hermano gilbert y familia espero verte pronto

  2. ET dijo:

    felizmente pude asistir a la presentación del libro.
    Todo fue genial!!!!!!!!!!! Padura es extraordinario.!!!!!!!!!!!!! Sus crónicas exactas!!!!!!!! Que sigamos disfrutando de sus escritos, SIEMPRE!!!!!!!!!!!!!!

  3. Pingback: 1019 | Emanaciones

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